2013-04-19

De geoparques y tomaduras de pelo

Había una vez una preciosa comarca costera que albergaba unas formaciones naturales aceptablemente bien conservadas. Sin embargo, al gobierno del país decidió destruir una preciosa marisma que allí había, que albergaba innumerables aves acuáticas, y la destruyó construyendo sobre ella un feo y sucio puerto deportivo. A cambio, decía, conservaría el resto de los ecosistemas presentes: la duna, la trasplaya, los encinares, el resto de la ría, la rasa mareal, los acantilados...

Pasó el tiempo y las instituciones declararon buena parte de la zona biotopo protegido. Pero héteme aquí que nombraron a un geólogo como jefe del cotarro. Los ecosistemas vivos, los que daban realmente riqueza natural al lugar y los que la política de conservación debe atender –pues al ser sistemas vivos pueden extinguirse, al contrario que las piedras, que están muertas y no se extinguen– le importaban un mokordo a este hombre. Tan es así que el primer año de su gestión organizó una concentración multitudinaria en la rasa mareal del lugar, donde vivía una asombrosa comunidad de plantas y animales intermareales, única en Europa. Su idea era que la gente acudiera en tropel a admirar desde la mar los acantilados esculpidos en una formación geológica por otra parte vulgar y abundantísima en la provincia, el flysch cretácico, que aquí llegaba hasta la costa. Con la idea de promocionar el turismo en la zona, hizo ver que el día de la mayor bajamar del año era una ocasión única para visitar la zona, pero se la traía al pairo que ese gentío pateara y pisoteara los campos de algas expuestos en bajamar. Casi 5.000 personas desinformadas, acudieron al reclamo del geólogo, convenientemente propalado por la prensa local.

No contento con esto, este hombre y sus superiores permitieron (argumentando como criterio 'técnico' que en otras zonas protegidas también se celebran), y el ayuntamiento del lugar subvencionó, nada menos que una carrera pedestre de montaña en la zona recién protegida, carrera que se repitió desde entonces anualmente sin que nadie pusiera coto al desmán. Miles de personas pateaban la zona protegida entre ruidosa megafonía y zonas de aparcamiento especialmente habilitadas. La carrera creó de facto nuevos caminos en las zonas antes intactas, en su afán por llevar la carrera hasta el borde del cantil. Se formaron nuevos cauces intermitentes en las zonas pateadas y bicicletas de montaña y paseantes en general comenzaron a imitar a los corredores y siguieron agravando el problema. Desde entonces los procesos de erosión se dispararon y el borde del cantil sufrió progresivos descabezamientos y perdió vegetación. Todo eso no afectaba a las piedras, ya que debajo de las visibles había más y más; sin embargo, el suelo, sustrato de los sistemas ecológicos, se adelgazaba, se desorganizaba y perdía, y lo que antes era un vergel comenzó a volverse un descampado más.

Las instituciones que declararon la zona biotopo protegido se lavaron las manos y pasaron de limitar los desmanes. Siguiendo las indicaciones del geólogo, hábil comercial, promocionaron el lugar como si su principal valor ambiental fueran las piedras y no la naturaleza viva. Implicaron a los ayuntamientos y entre todos fueron haciendo dejadez de su cometido principal: entrevieron una posibilidad de negocio en forma de turismo, y la conservación de la naturaleza podía volverse un desagradable obstáculo para la pasta. Crearon una figura de reciente invención, un “geoparque”, haciendo ver que su objeto era conservar el valor geológico del lugar. Nada de eso había: no era una figura de protección, sino de distinción comercial y reclamo (como las famosas 'banderas azules'). Las formaciones geológicas no necesitaban de mayor protección que una normativa muy fácil de cumplir por los desarrollistas. De hecho la figura protector del biotopo bastaba y sobraba para, a través de su Plan de Uso y Gestión, evitar las afecciones negativas a las formaciones geológicas. Lo que en realidad era el “geoparque” era una marca comercial, un sello turístico que debía ser vendido y rentabilizado. La gran ubre de la que extraer riqueza. Y empezaron a publicitarlo por todos los medios, y el público se creyó el mensaje. En realidad, querían valerse de la existencia de un 'geoparque' para dejar sin efecto y tener una excusa para saltarse a la torera las limitaciones que toda zona protegida impone a las actividades humanas en beneficio de la conservación de la naturaleza. Los impulsores del turismo de la comarca veían la protección de la naturaleza como un obstáculo para su negocio; aunque, eso sí, una foto de un paisaje verde con el mar azul de fondo y blancos acantilados en medio era una imagen de la leche.

Hasta los grupos políticos que habían apoyado la protección y conservación sintieron cosquillas gaseosiles en su trasero y empezaron a considerar la posibilidad de abjurar de sus otrora profundas convicciones.

Entretanto, las instituciones forales, las encargadas de proteger y conservar la naturaleza, comenzaron a construir una camino completamente nuevo pegado a la costa, un camino pavimentado capaz de albergar vehículos, en plenas zonas naturales, atravesando varias ZECs de la red Natura 2000. Un despropósito gigantesco, capaz de generar, por otra parte, un cazo apetitoso para los corruptos comisionistas de turno. Tal infraestructura turística, pues no otra cosa era, también la proyectaron sobre nuestro biotopo protegido. ¿Creéis que el geólogo sufrió porque se iban a hacer desmontes en su querido flysch? ¿Los movimientos de tierra le importaron algo? ¡Naturalmente que no! Las piedras eran la excusa para el negocio, y al negocio había que darle facilidades; un camino tan fácilmente transitable era una bicoca, y apoyó el proyecto con toda su alma. Después de todo, tampoco abrió el pico cuando metieron una grúa de 180 toneladas en pleno acantilado para sacar un barco pirata.

No contento con todo esto, y haciendo sitio a las pretensiones de los ayuntamientos de la zona, apoyó incluir en la oferta del geoparque visitas a cuevas hasta ahora no visitadas, que albergaban poblaciones de fauna amenazada, fauna especializada que únicamente vivía en esas cuevas y cuya supervivencia sería imposible si abrían sus refugios al turismo. No importaba. Sin someter las autorizaciones al criterios de los técnicos en conservación, el geólogo y los munícipes –apoyados, curiosamente, por otro geólogo que resultaba estar empleado y vivir de la empresa que mayores desmanes contra el patrimonio geológico, destrucción de cuevas con yacimientos prehistóricos incluida, causaba en la provincia en cuestión–, decidieron seguir adelante con los faroles.

En esas estamos. Tenemos una zona protegida donde se ha destruido la marisma, se van a destruir la riqueza de las cuevas se va a dejar al desnudo la roca del biotopo, se van a pisotear los campos de algas con sus charcas y esteros, se van a descabezar los acantilados, y todo ello ante los ojos del pueblo, soberano, aunque rematadamente ignorante. 

¡Más habría valido no proteger nada!
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2 comentarios:

  1. Enhorabuena por esta entrada, con la que me he enterado de lo que hay detrás de tanto "geoparke". Creo que acertaría quién lo ha escrito. Es muy reconocible ese estilo tan particular como divertido.

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  2. Este blog está abierto a los comentarios de los lectores.

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