2014-02-13

Un buitre de campanillas

En el blog de Arkamurka, por cierto, felicitar a la asociación de naturaleza por su blog, veíamos una foto de un buitre con un cencerro colgando. Fijo por un collar muy bien puesto seguramente pasatiempo de pastor aburrido que se divierte atrapando a la carrera buitres empanzados.
El ornitólogo en general tira mucho por lo biológico pero muy poco por lo etnográfico histórico y en general creemos que se pueden separar ambas cosas. Lo que lleva a pensar que a veces el mundillo ornitológico destaca por cómo se le escapan cosas básicas relativas a las aves. Sin ir más lejos, la Euskal Herriko Artzainen Elkartea publicó un cómic cuyo protagonista es Okatxu, una oveja latxa de nuestros montes. En el cómic, le acompaña un buitre con cencerro, helos aquí:

 
 
En un pasaje de las "Memorias de un hombre de acción" de Baroja se puede leer lo siguiente:
 
—Pues verá usted —dijo Errotachipi—. Por entonces era yo chico. Una noche de otoño salimos
de Vera, Shaguit y yo, a Las Palomeras de Echalar, con una escopeta vieja que nos dejaron.
Compramos un pan en casa de Petrich, tomamos la cuesta de Premoscha y subimos hasta el alto de
Las Palomeras. Llegamos, no había amanecido aún, y como hacía frío, nos acercamos a una borda
del caserío Mashtierne. Estaba la puerta cerrada, y para entrar levantamos unas tejas, nos metimos y nos echamos en la hierba seca. Debimos dormir demasiado, porque nos despertamos con la luz del
sol. Ya no podíamos cazar. En esto nos levantamos y vemos un pajarraco grande que andaba entre
la hierba. Era un buitre, pero un buitre grande, a quien sin duda habían encerrado allí. Al principio
tuvimos miedo, pero luego nos tranquilizamos al ver que estaba atado por una pata.
Shaguit había encontrado un cencerro como de ternero entre la hierba, y me dijo:
—Se lo vamos a poner al buitre.
—Nos va a despedazar.
Le echamos una cuerda al cuello al pajarraco, y tirando de ella le pusimos el cencerro. Hecho
esto abrimos la puerta de la borda y cortamos la cuerda que le ataba la pata. El buitre salió furioso,
azotando las alas, revolcándose por el suelo hasta llegar a un alto, de aquí se tiró y comenzó a volar.
Nosotros le seguimos con la vista maravillados. El cencerro, mientras tanto, iba haciendo talán,
talán. Le perdimos de vista, nos volvimos a casa y nos olvidamos de aquello. Al cabo de quince
días se empezó a hablar en el pueblo de si se oían por la noche ruidos misteriosos de campanas.
(Memorias de un hombre de acción. Tomo IV, Con la pluma y con el sable. Pío Baroja)

Aquel deseoso de propalar la especie de las campanas de las ánimas del Purgatorio, capturaba un buitre y le colgaba un cencerro al cuello. Da igual la hermosa licencia poética de hacer volar al buitre de noche que se toma Baroja. En el s.XIX, el culpable era sin lugar a dudas el cura, pues los espíritus impresionables asustados por el espectral campaneo corrían a la iglesia a ofrecer misas y entregar donativos. El aficionado a las prolijas descripciones de Itzea, o quien haya tenido la suerte de visitar la casa, sabrá que en la cuadra, donde se aloja la colección etnográfica, figura un buitre disecado con un cencerro al cuello, "regalo de un señor de San Sebastián". Imaginamos que nos hallamos ante un clásico rural, mezcla de gamberrada y pensamiento mágico.

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