El pasado día 4 de octubre fuimos testigos de un hecho que pone nuevamente sobre el tapete, y en tela de juicio, la seriedad con la que se aborda en Gipuzkoa la conservación de la naturaleza por parte de las instituciones.
Uno de los biotopos protegidos en Gipuzkoa es la ría de Inurritza en Zarautz. La superficie protegida abarca el frente dunar superviviente, la berma que actualmente ocupa el campo de golf, la ría y marismas de Inurritza, los acantilados de la zona de Mollarri y una cierta extensión de brezales en Talaimendi.
Desde las posiciones conservacionistas se ha criticado la falta de ambición a la hora de proteger y conservar en enclave… prescindiendo de los carrizales y zonas encharcadas y encharcadizas de Asti, Sakeletxe e Irita. Y también se ha criticado, con mayor ímpetu si cabe, la desidia de las instituciones a la hora de meter en vereda al Real Golf Club de Zarautz —que ocupa, para más INRI, terrenos municipales a precio de chichinabo—, y declaren de una vez la incompatibilidad de la práctica del golf y el mantenimiento de las zonas ajardinadas intensivamente dentro de la zona natural. Los impactos de esta actividad no se limitan a transformar la vegetación, a aplicar tratamientos fitosanitarios intensivos, a nitrificar una zona que no tiene por que ser nitrófila (antes al contrario)… etc., sino que además se extiende a extraer agua sin límite del subsuelo, reduciendo el nivel freático y haciendo que se seque la laguna dulce recién restaurada, a introducir especies exóticas, a eliminar conejos y otras especies silvestres… etc.
Unas interferencias harto frecuentes eran las razzias de los sportmen en busca de las pelotas que ocasionalmente se les iban a la zona protegida contigua, durante las cuales pisoteaban la vegetación marismeña y espantaban a las aves.
Y héteme aquí que ahora resulta que no pierden las pelotas, sino que las emplean a modo de proyectiles (a sabiendas de que no las van a recuperar, por cierto) para hacer algo tan deportivo como practicar su puntería contra las aves protegidas que pueblan la ría. De esto hemos sido testigos este 4 de octubre. Un grupo de cuatro golfistas, convenientemente disfrazados como acostumbran para estos menesteres, situados en el tee del hoyo 9, lanzan una pelota directamente contra un garceta grande y una espátula, ambas especies protegidas, que llevan varios días aquí, fallando el golpe por pocos centímetros. La garceta huye y la espátula se calma a los pocos minutos. Entretanto, los deportistas, uno con un niki rojo a rayas horizontales, otro con un niki rojo y azul y los otros dos en bermudas y visera, comentan que han fallado por muy poco, pero que ha sido un tiro muy bueno.
Esto es lo que trae el no hacer las cosas bien. No es compatible mantener un campo de golf sobre un campo de dunas supuestamente protegido, ni practicar el golf si no se sabe respetar ni a los vecinos ni a los valores naturales supuestamente protegidos.
Es hora de poner fin a esta situación y restaurar el campo de dunas a su configuración natural original. Lo contrario es un escarnio.













