Las actividades humanas representan una fuente inagotable de peligros e impactos sobre la naturaleza. No hablamos exclusivamente de actividades económicas cuyas afecciones están más o menos bien establecidas en nuestra percepción colectiva, como la industria pesada, la agricultura intensiva, la urbanización, la construcción de infraestructuras… Quien más quien menos, todos convenimos en que todas ellas conllevan efectos negativos sobre el entorno, afecciones que es preciso tener en cuenta y minimizar, y que en determinados casos pueden llegar a aconsejar que no se permita la actividad en cuestión. Destrucción directa de fauna y flora, eliminación del suelo, desvío de la circulación superficial del agua, cambio en el régimen de los ríos, contaminación química, ocupación permanente del suelo, eutrofización, empobrecimiento de los ecosistemas, extinción de especies, apertura acelerada a las invasiones biológicas… son fenómenos asociados que todos nosotros somos capaces de identificar y comprender en mayor o menor medida.
Pero el riesgo y el impacto negativo no son patrimonio exclusivo de la industria, la agricultura, la explotación maderera o la construcción; incluso actividades aparentemente inocuas, incluso bienintencionadas, conllevan a veces riesgos sobradamente contrastados y que pueden llegar a verificarse efectivamente, con las peores consecuencias, si aquéllas no se planifican correctamente o no se observan unos mínimos códigos de conducta. Nos referimos al deporte al aire libre y a las actividades de mejora de la calidad ambiental.
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| Chorlitejo chico, Charadrius dubius, especie muy sensible a las molestias. |
Esta misma semana una misma localidad nos ha brindado dos ejemplos al respecto. Decía la prensa que se iban a acometer labores de limpieza de residuos en el río Oria a su paso por Tolosa. Un objetivo loable donde los haya, pero que ejecutado en junio, mientras están criando las aves de ribera, es un auténtico despropósito. Acompañaban a la retirada de residuos labores de desbroce de las riberas, un auténtico disparate ambiental per se, que, efectuado para más inri en época de cría, da al traste con docenas de nidos de gallinetas, patos y otras especies. Años atrás se han llevado a cabo actividades similares en Deba, lamentablemente con pleno conocimiento por parte de los promotores del daño a causar. Sin embargo, otra entidad ha modificado amablemente y sin problemas su calendario de actividades para no llenar innecesariamente el río de gente en las inmediaciones de los nidos ocupados.
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| Garza real, Ardea cinerea, especie muy sensible a las molestias |
Sin salir de Tolosa, hemos visto pescadores de río caminar despreocupadamente sobre los bancos de grava del Oria, donde una especie escasa, el chorlitejo chico, cría directamente sobre el suelo, con grave riesgo de destrucción de huevos y pollos. Pescar legalmente no quiere decir que no haya que respetar otras normas, pero para ello hay que conocer el medio donde se pesca. Esto mismo lo hemos visto en otros puntos del Oria.
Incluso las operaciones de mantenimiento de espacios protegidos pecan de cortedad. En el biotopo protegido de Inurritza la siega de hierba ha provocado esta semana pasada la pérdida de nidos de buitrón. Que la hierba ‘se siegue en mayo’ puede estar muy bien para los baserritarras que la necesitan para su ganado y esperan volver a segarla al cabo de varias semanas, pero no tiene ninguna justificación ajardinar una zona protegida por meros motivos estéticos.


